El amor por los hijos no tiene medida,
es incondicional,
no importa lo que hagan,
siempre se les perdona todo,
porque es el único tipo de amor,
que no tiene fecha de caducidad
es eterno.
Por ellos renunciamos ,
a seguir un camino que quizás
nos pueda hacer sentir mejor,
interiormente o mas realizados,
a pesar de saber ,
que en un tiempo muy breve,
ellos escogerán su propio camino
sin pensar en nosotros,
y sin mirar nunca hacia atrás,
pero es la ley de la vida.
Tomamos nuestras decisiones ,
poniéndoles siempre por delante de todo,
porque su felicidad,
y bienestar son nuestra meta en la vida.
Tratamos de enseñarles
valores y normas,
pero no hay que olvidar jamas,
dejarles su propio espacio,
para que tomen sus decisiones,
para que se caigan
y aprendan a levantarse solos,
por mucho que nos duela
su caída en el alma,
Tienen que aprender
por su propia experiencia
es la única manera que existe
de ir creciendo interiormente.
Jamas empujarles para que hagan
lo que nosotros quisiéramos,
o quizás ,lo que nosotros
no pudimos hacer.
Solo aconsejarles,
sin condicionar sus ideas propias,
dejarles libre albedrío ,
y a la vez darles todo el amor que necesitan,
para que se sientan seguros en la vida,
y sean unas buenas personas
con su esencia particular.
Nos crecen las uñas,
si tenemos que defenderlos
de cualquier dolor,
que les pueda llegar.
El amor por los hijos es tan grande,
que muchas veces
nos sorprende su inmensidad.
Cada poro de nuestra piel siente ese amor,
porque son un pedacito nuestro,
que mimamos y cuidamos,
y que algún día
debemos dejar volar su propio vuelo
y verlos partir con el corazón encogido
y una sonrisa en los labios.
Laura



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